El escenario es un cuadrilátero. El teatro deviene espacio de lucha, una arena que a su vez se convierte en tribuna para que los actores arenguen a un público distribuido hacia los cuatro costados. Los personajes entran y se van presentando, nos cuentan su historia, nos dicen por qué están aquí. Como fantasmas incómodos en una realidad a la que no acaban de pertenecer del todo. Como si fuésemos nosotros, la plebe anónima, los mejores dotados para darles entidad.

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Podría tratarse de Tebas, la ciudad mitológica en la que Antígona fue condenada a morir de hambre en una cueva, en la que los hermanos Etéocles y Polínices se dieron muerte mutua por el poder y en la que Medea mató a sus hijos. De hecho, estamos ante una tragedia con todos sus componentes típicos: el ser humano extralimitado, la erótica del poder, el sacrificio personal y el nudo trágico que no puede resolverse si no es con sangre. Sobre todo sangre, mucha sangre, que fluirá en los diálogos en gruesos torrentes, pero que nunca veremos.

Estamos en la antigüedad, pero no griega sino china. “El hombre no quiere hacerle daño al tigre. Es el tigre el que quiere dañar al hombre”, dice Tu Angu, el general encargado de la guardia imperial y obsesionado en borrar todo rastro del clan Zhao.  El responsable principal de la decisión que tomará  la mayoría de los protagonistas de la obra: entregar su vida para salvar a los otros. En un presente de crisis y desencantos, Oriol Broggi recupera esta pieza clásica de la dramaturgia oriental en la que los personajes están empecinados en morir por el bien común.

L’orfe del clan dels Zhao es una historia del Siglo I que el dramaturgo Ji Junxiang escribió en el Siglo XIII y que el director catalán decidió adaptar en el Siglo XXI en Barcelona, en el Teatre Romea del Raval. Ninguna fecha es casual.

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Fue durante el Siglo I cuando China adoptó definitivamente el confucionismo como doctrina filosófica. El Siglo XIII era la época de la dinastía Yuan y el auge de las artes escénicas en el gigante asiático. Con esta pieza, Ji Junxiang intentó hacer una analogía de la resistencia china ante la dominación mongola, por eso recuperó los preceptos de la sociedad confuciana: el hombre como ser social, nunca aislado, que se debe a su clan y que ocupa en el mundo una posición moral.

Una idea utópica que también daba importancia al culto de los antepasados y al emperador pero, sobre todo, a la llamada “rectificación de los nombres”: llamar a las cosas por su nombre para que nadie sea engañado, decir “usurpador” y no “rey” a un gobernante ilegítimo, por ejemplo. De hecho, el ejemplo que solía usar Confucio para predicar su doctrina siempre tenía que ver con el mal gobernante que alteraba el orden natural de las cosas y que llevaba a su pueblo a la ruina.

Muchos dramaturgos y escritores europeos han traducido y montado L’orfe del clan dels Zhao. Quizás la versión más famosa es la de Voltaire. Suele insistirse, con bastante vehemencia, que se trata de la más europea de las tragedias chinas. Pero la compañía que comanda Broggi, La Perla 29, decidió decidido hacer su propio camino, recurriendo al texto original de Ji Junxiang, abriendo un nuevo surco.

La sinóloga de Universidad de Granada, Alicia Relinque, se encargó de la traducción del chino al castellano. Luego, Joan Sellet hizo la versión catalana. Por último, Marc Artigau, Anna Madueño y el propio Oriol Broggi intervinieron esta última versión hasta dejar el texto a punto.

No sólo ha pasado por muchas manos, sino que también ha tenido muchos injertos: frases de Enrique IV de Shakespeare y de Los ojos del hermano eterno de Stefan Sweig. La puesta en escena continúa esta línea mixta: elementos de vestuario y escenografía que combinan las estéticas china, japonesa y griega clásica.

Hay cañas de bambú clavadas en el suelo. Una bruma cubre todo el teatro. Cheng Ying (Julio Manrique) busca consejo del ministro jubilado Gongsun Chiujiu (Lluís Marco) para ver qué hacer con el único sobreviviente del clan Zhao, aquel que tomará venganza cuando sea un adulto. El diálogo en catalán es intenso y sórdido, contrasta con toda la ambientación oriental.

El músico Joan Garriga hace sus entradas tocando el acordeón (quizás el instrumento europeo por antonomasia) potenciando esta dualidad de lejanía-proximidad en la nos sorprendemos al mismo tiempo que vamos captando lo esencial: que se trata de una historia universal, que no habla de China sino de la condición humana. No sería tan descabellado pensar que, durante todo el tiempo que la obre dure en cartel, Confucio resucite para que podamos volver a decirle Barrio Chino al entrañable Raval.

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Laureano Debat
http://www.barcelonainconclusa.com/

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