Cada idea suya es una escena entre absurda y distópica. Miguel Noguera distorsiona lo cotidiano de tal manera que propone, siempre, versiones alternativas para mirar todo lo que nos rodea. Imaginarnos, por ejemplo, cómo sería el mundo si un tipo lograra sonidos de campanas milenarias con telas y maderas, si un bebé preguntara por qué el árbol y por qué el cielo, si un asesino hiciese un esfumatto con la sangre de su víctima o si un sujeto extraño le pidiese a un taxista que estacione el coche y que este gesto resultara una ofensa absoluta para la profesión.

La estructura de su Ultrashow tiene cuatro partes. Una introducción con una canción improvisada y comentada, una segunda intro con una imagen de revista o de internet, las ideas propiamente dichas y las ideas apoyadas en dibujos de este artista nacido en Tenerife y criado en Mallorca. Cuatro maneras diferentes de explicar una misma cosa: el mundo según Miguel Noguera.

Montaste el Ultrashow en 2004, pero tienes libretas con apuntes desde 2000. ¿Qué pasó en esos 4 años?

Al acabar la carrera hubo un momento de sequía. Yo tenía un taller con unos amigos y ellos montaban sus cosas y yo estaba ahí escribiendo y dibujando. Ellos vieron esas libretas y les intrigaba todo ese material extraño que no se sabía muy bien qué era. Y surgió como una broma, en un recital de poesía en un bar, de coger yo la libreta y ponerme a leer fragmentos que no tenían ningún sentido, como broma privada entre mis amigos y yo. Y el primer show propiamente dicho, fue un amigo que me propuso hacer una lectura pública en una tetería. Ahí había un poco de improvisación y de delirio, más allá de los textos.

¿Y cómo fue evolucionando hasta hoy?

El show nace de un absurdo comunicativo, una especie de venganza extraña: sé que este público no va a entender nada y eso me gusta. Al cabo de años, el público llegó a invertir la relación y a pedir eso. Ya no era una sorpresa ni un choque para ellos, sino que eso se había fagocitado, consumido y reproducido. ¡Ah, las ideas! Pues sí, ya sabemos lo que haces. Queremos más de eso. Aunque hoy, yo sé que un público que no conociera de nada lo que hago no reaccionaría ni riéndose y estarían un poco incómodos. Gente que no conociera ni quién soy yo ni que hago ni que van a ver, a no ser que sea gente que conecte enseguida conmigo, la mayoría entrarían en un desconcierto. ¿Pero esto qué es? ¿Qué me estas contando?

¿Cuál es la dinámica de tu trabajo? ¿Cómo se prepara el Ultrashow?

Es una mezcla entre improvisación y fijación. Cuando explico por primera vez algo a veces surgen añadidos, accesorios que se conservan las sucesivas veces en que eso se repite. Nunca miro mis videos en Youtube. No hay un trabajo entre semana. Todo se hace en directo. Ya sea el ensayo o la prueba, siempre se da delante de un público. Es una cuestión de ir repitiendo. Es como si dieras una conferencia sobre algún tema y fueras haciendo tourné con esa conferencia, pues irías incorporando cosas de las anteriores conferencias de forma natural. Y cada vez lo explicarías de un modo más fluido.

¿Vas por la calle mirando cosas y apuntando en la libreta? ¿Estás pendiente todo el tiempo de eso? ¿Te apetece estarlo?

Es un estado que se ha ido formando con los años, que ya existía antes del show. No diría que esté pensando en ello, sino que cuando surge algo que yo identifico como algo que quiero guardar, y pasa varias veces al día, lo apunto. Todo son fragmentos, no voy desarrollando ningún tema. Todo empieza y termina en ese gesto, que es capturar algo, guardarlo y luego explicarlo más tarde. Me gusta esa precariedad y sencillez. No es que yo vaya desarrollando algún tipo de historia o de trama o de tesis. Es esa captura constante de cosas que oigo, veo, pienso. Sí que con el tiempo se va haciendo rico por sí mismo el rango de cosas que te llaman la atención y que te interesan.

¿Te esperabas un 2014 con semejante éxito?

No ¡qué va! Esto se ha dado así, pero tampoco he hecho yo un gran esfuerzo o sacrificio. De repente, he tenido suerte de que ha gustado. Pero, en el fondo sigo siendo ese teleoperador o camarero que era antes, ese tipo de personal no cualificado, sin intereses, cínico, que solo viene aquí a cobrar y que no quiere ningún tipo de trabajo en equipo. Y se supone que eres el tío que se ha movido y ha conseguido imponer una forma propia de hacer humor, pero tampoco dejas de ser lo otro, esa especie de ser que a nadie le interesaba, tímido y un poco huraño. Ese diálogo entre las dos formas es constante.

¿En qué te inspiras, además de las cosas que ves por la calle?

Nunca será una película que a mí me guste mucho o algo que sea valorado. Normalmente son cosas bastante ordinarias, clichés. Todo ese mundo muerto de las cadenas corporativas, toda esta mierda de grandes tiendas de todo. Un poco esa poética cyberpunk de oh, vivo en la gran urbe, masificada, fría, impersonal y tengo mi pequeña cuestión subjetiva a través de la red. Me gusta mucho el imaginario cyberpunk por eso de vivir en una charca nuclear y mantener nuestras pasiones estúpidas. Me siento cómodo en eso cuando se supone que eso es malo. Y en términos humanos, lo es. Pero yo me he criado con eso, es mi hábitat. Se supone que hay que criticarlo, pero a la vez hay como un confort en eso. Al menos en mí, esa posición está muy clara. Y las ideas no dejan de ser recortes muy fríos sobre una realidad y, en el fondo, son chorradas.

El mundo que planteas en tus ideas no es de humor, precisamente.

No, claro. Yo nunca lo enfoco como humor, aunque la forma de estar en escena es humorística y la gente se ríe y todo este rollo. Los detonantes son muy formales siempre, nunca los pienso en términos humorísticos. Por ejemplo, hoy me he cruzado con una niña que me ha visto meterme en el ascensor y de ahí ha surgido la imagen de niños que ven como adultos se meten en cabinas que no van a ninguna parte. Son cabinas transparentes. Y esa imagen, el dibujo de eso ya me gusta. Hacer los cristales, los muros. Al final, es una cuestión muy formal. Y siempre son cosas que he visto, las abstraigo, las llevo un poco al extremo y las exagero.

¿Cómo decides qué merece la pena dibujar y qué no?

Esto es bastante intuitivo. No sé exactamente qué elemento tiene que tener, pero en mi cabeza es muy claro: ¡esto sí! Tiene que contener esa especie de paradoja que creo que puedo explicar. Si no contiene ese juego, quizás no lo apunte. Si me enseñas a un tipo muy feo y raro pero no hay algo con eso, pues no. No es la rareza en sí. Tengo mucha facilidad para decidir si algo me interesa y en qué términos o si no me interesa para nada. Es inmediato.

¿Por qué crees que se da esa conexión en vivo con el público del Ultrashow?

Es esa cuestión virtual de que en cualquier momento este tío puede decidir hacer cualquier otra cosa. Y eso es liberador para el público: estamos cómodos porque él está abierto a lo que ocurre. Sin interaccionar, porque no me gusta interpelar a alguien y que la gente me diga algo. Pero hay como una especie de sensación debah, el tío tampoco se cree mucho lo que está diciendo. Como que hay una falta de respeto hacia el formato y hacia el contenido que es el mismo contenido. Explico esto porque me hace gracia, pero igual podría no haber sido, es una chorrada y lo sabes. Todo ese clima absoluto y de impostura, yo creo que hay gente que le gusta mucho y que lo recibe muy bien. Y hay gente que no, que les violenta, porque dicen:
– Joder, yo estoy aquí en el teatro, he pagado una entrada, y este tío está aquí claramente diciendo lo que se le pasa por la cabeza y sin habérselo currado -. Y para la gente que tiene el canon de ver algo que esté por encima de lo que ellos harían, esto les resulta incómodo. Es normal, yo lo entiendo.

Cuando nos estamos despidiendo, esperando en la barra para pagar la cuenta, vivimos una situación muy nogueriana. Como si uno de los engendros imaginados por Miguel Noguera hubiese cobrado vida. Se acerca un camarero a increparnos, preguntando con cara de madre: – ¿No se olvidan nada en la mesa? ¿En serio? ¿Estáis seguros? – Acto seguido, como si se tratara de un mago, saca mi bolso con el tupper de la comida. Los ojos azules de Miguel Noguera saltan de excitación: – ¡Hostias! ¿Has visto el tono del camarero? ¡Plaf! ¡Toma un conejo! Te lo ha dicho en plan ¡ya no valoras nada!- Y, quizás, en el camino de regreso a su casa, esta anécdota se haya convertido en una idea.

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